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jueves, 4 de agosto de 2011

Seminario Libre de Historia de la Ciencia y la Tecnología.

Continuación 

En los andamios del Infinito: Historia de la Exploración Espacial II.
Alejandro Rivera Domínguez.
Seminario Libre de Historia de la Ciencia y la Tecnología.

Los cohetes del doctor Goddard eran impulsados por una mezcla de gasolina y oxígeno líquido,  todo el diseño y cohete terminado eran, literalmente, un trabajo artesanal.
Dr. Robert Goddard con uno de sus cohete (circa) 1932
El célebre piloto realmente impresionado, logró que el millonario Daniel Guggenheim le donara al doctor unos cuantos miles de dólares (Guggenheim ha pasado a la posteridad por su interés, apoyo  y visión para  el arte y la ciencia, no era precisamente un Slim cualquiera). Al poco tiempo el doctor Goddard vio suspendido el donativo, debido a que el señor Guggenheim tuvo el mal gusto de morirse cuando más se le necesitaba.
En enero de 1927 se informó a la Oficina de Asuntos Extranjero de la Cámara acerca de la aplicación de cohetes del doctor Goddard para utilizarlos durante las actividades del Segundo Año Polar. Se esperaba que los cohetes alcanzaran unos 85 kilómetros de altura.
En la fase final, con los planes listos para comenzar el 1 de agosto de 1932, perseguía a los proyectos científicos uno de esos fenómenos que en cenáculo de los expertos se denomina “gran depresión económica” y para el resto de los de a pie nos referimos a estas crisis como  “ya nos cargo el tren”, por decir lo menos, en efecto, al Segundo Año Polar se lo llevó también el tren. 
A punto de abandonar la gran empresa, con gran decepción e ira contenida, muchos científicos veían truncadas sus aspiraciones. Milagrosamente la Fundación Rockefeller se dejó caer con 40 mil dólares, cantidad que apenas alcanzó para apoyar  algunos proyectos, pero suficiente para arrancar con los aspectos básicos del Año Polar. Con limitaciones 44 países comenzaron las tareas que terminaron venturosamente gracias a la voluntad de los científicos, no a la participación, por demás inútil, de los políticos.  Comenzó la recopilación de datos, elaboración de mapas, redacción de artículos, análisis de resultados y lo que requiere fundamentalmente una empresa de tal magnitud, que es el tiempo necesario. En aquellas arduas labores se encontraban diversos centros de investigación, con la mayoría de los mapas, publicaciones con resultados, tablas e incluso fotografías cuando la demencia politiquera hizo de las suyas. Las fuerzas de Adolf Hitler invadieron Polonia en septiembre de 1939. Después la siembra de terror y muerte. Muchos resultados con científicos de por medio, desaparecieron entre las bombas y las balas. La miseria humana encontró su imagen en el espejo de la muerte.
Al finalizar la Guerra Mundial II, nuevamente la Fundación Rockefeller salió al rescate con un jugoso donativo de 12 mil dólares para tratar de reunir la información sobreviviente. Corría 1947 y Europa aun olía a chamusquina y sólo se logró reunir una fracción de las observaciones, cartas y mapas. No obstante, Estados Unidos contribuyó con 113 documentos, Alemania pese a la devastación de su territorio, la división política y el naufragio económico, contribuyó con 97 publicaciones, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas con 52 e Inglaterra con 39.
 Al terminar la Guerra, la preocupación principal de muchos científicos se concentraba en reunir los datos dispersos y las nuevas aportaciones que se derivaron de la Guerra. Especialmente los científicos dedicados a las ciencias de la Tierra como geólogos y geofísicos trataban de restablecer contactos y rehacer exploraciones truncadas. La Unión Internacional de Radio Ciencia (URSI) se reunió apenas terminada la Guerra, en París durante 1946. Al año siguiente la Real Sociedad de Londres organizó una reunión para investigar la naturaleza de las auroras. Al siguiente año, 1948, en Oslo se reunieron, bajo la convocatoria de la Unión Internacional de Geofísica y Geodesia (IUGG) muchos geofísicos se reencontraron y buscaron trabajos de interés común. Los astrónomos no perdieron el tiempo y en Zurich, bajo el auspicio de la Unión Astronómica Internacional, se reunieron para discutir asuntos pendientes y ver hacia el futuro.
El ambiente bullía de ideas y proyectos;  la mayoría de los científicos, más allá de nacionalismos rancios, trataban de organizar las cosas, la Guerra había dejado amargas enseñanzas, aun humeaba Europa y Oriente con una pérdida de quizá 50 millones de vidas. Una enorme tragedia que además  truncó vidas valiosas, trabajos internacionales, se perdieron datos y observaciones, bibliotecas completas, laboratorios; muchas redes de observación  desaparecieron por razones ajenas al quehacer de la ciencia. A cambio,  llegaron otros importantes bancos de datos provenientes de las necesidades militares, mapas más precisos, cartas meteorológicas con más información, un conjunto de mapas de los fondos oceánicos, conocimientos nuevos sobre la alta atmósfera, corrientes marinas y atmosféricas, además de formidables herramientas como el radar, aviones, submarinos, reactores nucleares, barcos y…cohetes.
Graff Zepelin en Buenos Aires 1934
Con ésta experiencia amarga y paradójica, los científicos iban de reunión en reunión, una especie de gambusinos en busca del tiempo perdido. Las grandes ideas parecen surgir de las condiciones menos esperadas, charlas entre amigos, una que otra borrachera, alguna sobremesa divertida, situaciones así suelen ser inmensamente enriquecedoras. Así comenzó el Año Geofísico Internacional, el gran escenario de muy diversas investigaciones y el empleo de nuevas tecnologías. Además de ser la senda por la que transitó la nueva era de exploración del espacio.
Las ideas brillantes nacen en las más adversas condiciones, o quizá debido a ellas, el caso es que una de las empresas de Post Guerra más fructíferas realizadas bajo el amparo de la investigación científica, fue el Año Geofísico Internacional.  Nadie recuerda con precisión que ocurrió una mañana de 1950, en casa del experto en atmósfera superior, el norteamericano James van Allen, durante una de esas parrilladas domingueras, con cerveza fría, salsa de arándano y tumbonas agradables,  discutiendo el último homerun de Joe DiMaggio, y la cara de sorpresa del adusto Sir Sydney Chapman, matemático y geofísico de las ligas mayores, profesor de Oxford, que no entendía de baseball pero si le entraba sonriente y con enjundia a las costillitas y la cerveza, departían cordialmente en el pequeño jardín. También estaba el doctor Lloyd Berkner quién entre cerveza y cerveza, con la boca llena de deliciosa costilla, y acomodándose su infaltable corbata de moño, comenzó a proponer que era hora de realizar un nuevo Año Polar que cumpliera los propósitos de los dos Años Polares anteriores, el de 1882 y el de 1932, separados nada menos que 50 años y ambos maltratados por guerras y crisis económicas.
Dr. Lloyd Berkner
Berkner, en realidad era un científico de gran prestigio y muy respetado. Se diría que fue uno de esos tipos interesantes, no muy abundantes, de aquellas personalidades que dan confianza y derrochan simpatía. Nacido en 1905, había comenzado su carrera prácticamente desde la adolescencia. Interesado en la radiodifusión, obtuvo su licencia de radio amateur. Dotado de gran energía había dedicado su talento a múltiples intereses. Estudió ingeniería eléctrica en la Universidad de Minnesota y pertenecía a  la Reserva Aérea Naval dónde aprendió las artes de volar. Al poco tiempo, después de dedicarse a la operación de la estación experimental de la Universidad, encontró la oportunidad de asistir como ingeniero en la expedición de Byrd a la Antártica. Permaneció algún tiempo en Nueva Zelanda, como responsable de las comunicaciones de radio y al estudio de la propagación de ondas largas en función de la distancia. El valioso trabajo de Berkner fue reconocido por el mismísimo Byrd y una pequeña isla lleva su nombre.
A su retorno a Estados Unidos, pasó a formar parte del equipo de National Bureau of Standards, donde se dedicó estudiar la ionosfera.  La depresión económica interrumpió las investigaciones y pasó a formar parte del grupo de estudios de magnetismo terrestre de la Carnegie Institution en Washington.  Sirvió durante la guerra en el desarrollo del radar y perteneció a los organismos científicos más importantes de Estados Unidos y muchos del extranjero. Mientras perteneció al Consejo de la Academia de Ciencias Norteamericana, apoyó activamente la petición del astrónomo Frank Drake para ocupar un tiempo el radiotelescopio del Radio observatorio de Green Bank en Virginia, para emitir señales lógicas al espacio en busca de inteligencias que estuvieran en posibilidades de contestar. Drake desarrolló el famoso Número de Drake que examina la posibilidad de encontrar planetas habitados con capacidades tecnológicas.
Aquel proyecto pionero en su tipo, se le conoció como proyecto Ozma y fue el antecedente de muchos proyectos similares como Seti e incluso las naves Voyager 1 y 2 que, hasta dónde se sabe ya se encuentran en los confines del sistema planetario.
Berkner, curiosamente no terminó el doctorado debido a sus múltiples ocupaciones, pero recibió muchos doctorados y honores de otras universidades alrededor del mundo. Berkner realmente era la persona indicada, con el conocimiento, la personalidad y la experiencia para proponer el Año Geofísico Internacional.  La fecha de actividades se eligió para 1957-1958 para aprovechar el máximo de manchas solares que se esperaba para aquellos años. No había mucho tiempo, habida cuenta de las amargas experiencias pasadas y el extraño ambiente internacional que olía a nuevas confrontaciones, de hecho en junio de 1950 comenzó la guerra de Corea.
Sir Sydney Chapman. matemático y geofísico Inglés.
 La propuesta de Berkner dejó meditabundos y con extrañas ensoñaciones a los presentes.  El adusto Chapman y van Allen de inmediato, se repusieron de los efectos adversos de la comilona y las cervezas, llamaron a varios amigos, les endulzaron el oído y en mayo de 1950 se reunieron unos 50 científicos especialistas en varios campos, en Inyokern, a orillas del lago China, California. Acordaron (esta vez sin costillitas y cerveza) llevar la propuesta a la reunión Internacional de la Comisión de Ionosfera que se efectuaría en Bruselas. 
                                                                                                                                                                                                                                                                                                  La propuesta fue muy bien vista. Inmediatamente se diseñaron diversas investigaciones relacionadas con la atmósfera, ionosfera, la actividad solar y su influencia sobre la Tierra, magnetismo, glaciología y otros campos de interés.
Para 1951 las ideas marchaban a pedir de boca, se había dado el paso fundamental para realizar un Año Geofísico durante el cual participarían todos los países afiliados a diversas organizaciones de investigación
internacional. En mayo de 1952 se había integrado el primer comité organizador que de inmediato solicitó apoyo financiero a la Unesco.
Para julio de 1953, en Bruselas, se reunieron las diversas comisiones de lo que sería el Año Geofísico Internacional con la participación de representantes de 30 academias nacionales de investigación.
Sobre todo eran urgentes los esfuerzos por conjuntar a las naciones que se habían visto envueltas en la Segunda Guerra Mundial, no obstante que la sombra de la guerra de Corea se paseaba amenazante en Oriente y en las reuniones internacionales. Durante la Guerra Mundial II, mucho se había aprendido de los fondos marinos y de las grandes corrientes atmosféricas, la joven electrónica hacía rápidos progresos pero era insuficiente.  El Año Geofísico Internacional convocó a los científicos de todas las naciones que desearon participar, para realizar un esfuerzo conjunto tendiente a conocer las características de la Tierra como planeta, explorar las regiones polares, la alta atmósfera, los fondos oceánicos, los mecanismos de los grandes sismos, las erupciones volcánicas, la actividad solar y su influencia sobre la atmósfera terrestre, entre otros muchos proyectos de interés científico. Uno de los organizadores, el norteamericano Hugo Odishaw expresó que “El Año Geofísico Internacional es el esfuerzo pacífico más importante de la humanidad desde el renacimiento y la revolución copernicana” Odishaw no exageraba, el mundo aun dolido por las pérdidas de la guerra, trataba de rehacerse mediante proyectos que unieran intereses comunes.
Mostraron interés 66 naciones y más de 60 mil científicos y técnicos  distribuidos en miles de estaciones de observación de polo a polo, que observarían y compartirían sus resultados.
Dr. James A. van Allen, experto en la atmósfera superior.
El belga, doctor Marcel Nicolet, fue  nombrado presidente del Comité Organizador. La sede sería Bruselas y los idiomas en los que se presentarían trabajos y ponencias era el inglés y el francés. Por esta razón también se denominó al Año Geofísico Internacional, Année Géophysique Internationale. Rápidamente se extendieron invitaciones a todos los países y pronto se recibieron adhesiones para participar en los proyectos de observación e investigación regionales y mundiales. La Unión Soviética se comprometió en diversas investigaciones, aunque sus investigadores no eran miembros de muchas uniones mundiales. No obstante, los científicos soviéticos eran líderes en diversos campos y sus conocimientos eran fundamentales, pronto ocuparon sitios importantes en la organización general del Año Geofísico. Las actividades comenzarían el 1 de julio de 1957 y se extenderían hasta el 31 de diciembre de 1958.
Entre las tareas prioritarias y más espectaculares, era el anuncio, por parte de Estados Unidos,  del lanzamiento de un satélite artificial que sería puesto en órbita durante las actividades del Año Geofísico Internacional para investigar las condiciones del espacio exterior más o menos la propuesta de Goddard para el Segundo Año Polar durante el cual se lanzarían cohetes con instrumentos de medición. A punto  de comenzar los trabajos, al finalizar junio de 1957, se probaron todos los sistemas de comunicaciones mundiales para alertar sobre posibles explosiones solares y se esperaba que se observaran en todo el planeta.
Año Geofísico Internacional
Sin duda el marco del Año Geofísico Internacional actúo a manera de un foro ideal para el intento de colocar satélites en órbita. Había expectación y mucho interés por el avance técnico y científico que suponía la empresa. No cabe duda que los científicos tratan de hacer posible lo imposible y los políticos hacen imposible todo lo realizable. Nuevamente un conflicto entre naciones estuvo a punto de hundir el proyecto del Año geofísico Internacional.  La guerra fría se encontraba en sus comienzos y el recelo de unos contra otros tendía a incrementarse. De hecho la República Popular China, debido a la aceptación por parte del Comité Organizador del Año Geofísico, de la China Nacionalista (Taiwán) al último momento se negó a participar oficialmente. (Nuevamente ¿Por qué no nos sorprendemos?). Los científicos chinos, no obstante, cumplieron con el programa de investigación aunque no de manera oficial.
 A unos cuantos meses de comenzado el Año Geofísico Internacional, una tarde al principio de octubre de 1957, hubo una reunión, de hecho, aquel día terminaban los trabajos sobre las perspectivas de colocar un satélite de investigación en órbita, la nutrida reunión se celebraba en la Embajada de la Unión Soviética en Washington. La tarde clara y despejada anunciaba un otoño excitante y lleno de revelaciones de la naturaleza. Los asistentes diplomáticos, científicos de la URSS,  Estados Unidos o otras nacionalidades departían entre el nostálgico arrullo de la balalaica, risas y tragos de vodka acompañados de deliciosos bocadillos de caviar beluga y salmón del Báltico. Chistes medio subidos de color arrancaban risas y una que otra carcajada que resonaba en el lujoso salón. Los norteamericanos muy ufanos, sentían que su escandalosa publicidad en torno al lanzamiento de un próximo satélite, los hacia sentirse poco menos que hechos a mano. Estaban totalmente  seguros que serían los primeros y únicos en colocar, en los siguientes meses, un satélite en torno a la Tierra. Los rusos en cambio sonreían maliciosamente... no canten victoria camaradas... no canten victoria... parecían decir.  Nuestro gobierno no ha hecho o hará anuncio alguno... cuando ocurra ocurrirá dijeron con la lógica que se puede tener después de seis o siete vodkas.
                                                                                       
¡¡ 5 de octubre de 1957...la enorme sorpresa...!
Al caer la tarde de aquel inolvidable 4 de octubre, más de una mirada vidriosa, con la pupila dilatada y un errático caminar, revelaba que el vodka había hecho su trabajo. En el momento más nutrido y alegre de la reunión, un funcionario de la embajada soviética se acercó  al editor de ciencia del New York Times Walter Sullivan. -Tovarich, le hablan por teléfono de su periódico y dicen que es urgente... - Si, si... Boris... ya te escuché pero dame un poquito más de vodka...
Dijeron que era muy urgente camarada... y aquí tienes tu vodka  tovarich amerikanski...
Trastabillando entre la caótica concurrencia, con los bocadillos metidos en la bolsa de su chaqueta y un enorme y chorreante vaso de vodka en la mano, un más que alegre y contrariado Sullivan contestó la llamada.                                                                               
A los pocos segundos su rostro cambió de color de rojo vivo a verde pálido. Curiosamente, sin soltar el vodka, bajó como centella la amplia escalera y se acercó al doctor Lloyd Berkner, uno de los más importantes consejeros y directivos del Año Geofísico Internacional, con temblorina y evidente sudoración, Sullivan le susurró al oído: Radio Moscú acaba de anunciar que los soviéticos han puesto un satélite en órbita a 900 kilómetros de altura.
Berkner, viró la cara y ambos se miraron atónitos, lo increíble había ocurrido. Sin embargo, Berkner, científico al fin,  con gran aplomo, sabedor de la responsabilidad que caía sobre sus hombros, se dirigió al centro del salón y con vigoroso aplauso, impuso silencio y llamó la atención de toda la concurrencia. 

Continuará...
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